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El helado de requesón

O cómo perder una guerra que empecé yo solita Eran las cuatro y cuarto de la tarde, en uno de esos días de mayo en los que hacía un calor de los que no respetan ningún calendario, ese calor adelantado que llega como un invitado pesado y se queda hasta octubre. Yo estaba en mi cocina, descalza, con el congelador abierto, esperando que apareciera helado donde no había comprado helado. (Es una técnica espiritual avanzada que practico desde los doce años. No me ha funcionado nunca. Pero sigo intentándolo.) Lo que sí había, mirándome con una paciencia infinita desde el segundo estante de la nevera, era un tarrito de requesón que había comprado un par de semanas antes en un brote de virtud nutricional. "Este finde voy a desayunar requesón con frutas como hace la gente adulta" , me dije. Avance: no desayuné requesón con frutas ni un solo día. Y entonces, sin que nadie se lo pidiera, mi cabeza desplegó el recuerdo de los doscientos videos de TikTok que llevaba un año ignorando por si...

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