Aprovechar el final de los tomates
Cómo guardar el sabor del verano antes de que llegue el tomate triste de invierno
Voy a decir algo impopular pero cierto: el tomate de invierno es una estafa. Ese objeto rojo, duro, perfectamente redondo y absolutamente insípido que encuentras en el súper en enero no tiene nada que ver con un tomate de verdad. Es su holograma. Una decepción con forma de tomate que llevamos comprando por costumbre y por falta de alternativas.
Por eso septiembre me pone un poco melancólica en lo tomatero. Porque estamos viviendo los últimos coletazos de la buena temporada: esos tomates de verano que huelen desde lejos, que gotean cuando los cortas, que con solo sal y aceite ya son una comida. Y en unas semanas se habrán ido, y volveremos al holograma rojo hasta el verano que viene.
Mi yo interno se puso dramático en el mercado, delante del último puesto con tomates decentes: «Se acaban. Se acaban de verdad. ¿Y si guardáramos un poco de este sabor para los meses oscuros? ¿Y si el verano pudiera durar un poco más, aunque sea en un táper del congelador?».
Resulta que sí se puede. El final de la temporada del tomate no tiene por qué llenarte de nostalgia. Puede ser una oportunidad: la de capturar ese sabor de verano y estirarlo hasta bien entrado el frío. Aquí va cómo hacerlo, sin necesidad de ser una experta en conservas ni pasarte un fin de semana entero embotando.
Primero: aprovecha los últimos frescos
Antes de ponernos a conservar para el futuro, no olvidemos disfrutar del presente. Mientras queden tomates buenos, hay que comerlos como se merecen, que es con la mínima intervención posible.
Un buen tomate de final de temporada no necesita casi nada: en rodajas gruesas con sal en escamas, un buen aceite de oliva y quizás unas hojas de albahaca. O rallado sobre pan tostado. O en una ensalada sencilla con cebolla dulce y aceitunas. Cuando el tomate es bueno de verdad, cualquier cosa que le hagas de más es estropearlo.
Aprovecha estas últimas semanas para darte el homenaje. Porque en enero, ese mismo plato de tomate con sal y aceite será un pálido recuerdo.
Salsa de tomate para congelar (la reina de la conservación)
Si solo vas a hacer una cosa para guardar el verano, que sea esta. Una buena salsa de tomate casera congelada es tener el sabor del verano a un descongelado de distancia durante todo el invierno. Y es mucho más fácil de lo que parece.
La versión sencilla: sofríe cebolla y ajo, añade los tomates troceados (bien maduros, incluso esos que ya están demasiado blandos para comer en fresco son perfectos para esto), sal, un poco de azúcar para corregir la acidez, y deja cocer a fuego lento hasta que reduzca y espese. Puedes triturarla o dejarla con tropezones, según prefieras.
receta de salsa de tomate para congelar
Una vez fría, se congela en raciones. Y ahí tienes la base de infinitas cenas de invierno: pasta, pizza, guisos, sopas, huevos... Todo con el sabor de los tomates de septiembre.
Truco de congelación: reparte la salsa en botes o bolsas en raciones para una o dos personas. Congelar un bloque enorme te obliga a descongelarlo entero; en raciones pequeñas, sacas justo lo que necesitas.
Tomates secos caseros
Los tomates secos concentran el sabor de una manera casi mágica. Los de bote están bien, pero los caseros son otra cosa, y no son difíciles, solo requieren paciencia (del horno, no tuya).
Corta los tomates por la mitad (los tomates cherry o pera van especialmente bien), colócalos en una bandeja con el corte hacia arriba, sal, un poco de azúcar, hierbas y un hilo de aceite. Al horno a temperatura baja durante varias horas, hasta que estén arrugados y concentrados pero aún un poco jugosos.
Guárdalos en un tarro cubiertos de aceite de oliva (con ajo y hierbas, si quieres) en la nevera. Duran semanas y transforman cualquier plato: ensaladas, pastas, tostas, tablas de queso. Un puñado de tomates secos en pleno invierno es un rayito de verano.
Mermelada de tomate
Sé que suena raro, pero la mermelada de tomate es una maravilla, y una manera estupenda de gastar tomates cuando tienes muchos. No es dulce como la de fruta; es más bien agridulce, y funciona de escándalo con quesos, en tostas, con carnes, o incluso en un bocadillo.
Se hace como cualquier mermelada: tomate troceado, azúcar (menos que para la fruta), un poco de limón, y cocción lenta hasta que espese. Puedes añadir un toque de jengibre o de vinagre para darle carácter. Envasada en caliente en tarros limpios, aguanta bastante, y es un regalo estupendo para quedar de fenómena sin apenas esfuerzo.
Si te da respeto el tema del envasado seguro para conservas de larga duración, hazla en menos cantidad y guárdala en la nevera para consumir en pocas semanas. Así te ahorras la esterilización y el riesgo, y la disfrutas igual.
Congelar tomates enteros (el atajo perezoso)
¿No tienes tiempo ni ganas de hacer salsa ni de encender el horno? Hay una opción de mínimo esfuerzo: congelar los tomates enteros, tal cual, lavados y secos, en bolsas.
No servirán para comer en fresco (al descongelarse quedan blandos), pero son perfectos para cocinar: para salsas, guisos y sofritos de invierno. Y hay un premio inesperado: los tomates congelados se pelan solos. Pasas el tomate congelado bajo el grifo un segundo y la piel se desliza sola. Magia de la física.
No es la conserva más elegante del mundo, pero es la más fácil, y cumple. A veces guardar el verano es simplemente meter tomates en una bolsa antes de que se acaben.
Un poco de nostalgia bien entendida
Reconozco que tengo una relación algo sentimental con el final de la temporada del tomate. Suena exagerado ponerse melancólica por una hortaliza, lo sé. Pero es que el tomate de verano es una de esas cosas pequeñas que marcan el año: mientras hay tomates buenos, es verano; cuando desaparecen, algo se ha terminado de verdad.
Durante mucho tiempo lo viví solo como pérdida. Llegaba el otoño, se acababan los tomates, y me resignaba a meses de ensaladas tristes y salsas de bote. Hasta que descubrí que podía hacer algo al respecto. Que una tarde de septiembre dedicada a hacer salsa y tomates secos era, en realidad, una manera de negociar con el paso del tiempo. De guardarme un poco de verano para cuando más falta hace.
Ahora, cuando en pleno enero abro un táper de salsa de tomate hecha en septiembre, no es solo cena. Es un pequeño acto de rebeldía contra el invierno. Y sabe, os lo juro, muchísimo mejor que cualquier bote comprado.
No dejes que se te pasen
La temporada del buen tomate es corta y no avisa cuando se va. Un día vas al mercado y los tomates ya no huelen, ya no gotean, ya han empezado a ser el holograma de invierno. Así que no lo dejes para más adelante.
Estas últimas semanas de tomate de verdad son la ventana. Aprovéchala: come todo el tomate fresco que puedas, y guarda un poco para después en forma de salsa, de secos, de mermelada, o simplemente de bolsa en el congelador. Tu yo de enero, comiendo pasta con sabor a verano mientras fuera llueve, te lo va a agradecer profundamente.
¿Haces conservas de tomate al final del verano o eres más del holograma de invierno resignado? ¿Tienes alguna receta de la abuela para guardar tomate? Cuéntamela en los comentarios, que quiero llenar el congelador antes de que sea tarde.





Comentarios
Publicar un comentario