Bebidas de verano sin alcohol que no son un refresco triste

Aguas frescas, limonadas con gracia y tés helados para el calor de verdad.

Eran las cuatro de la tarde, el momento más cruel del día de verano, ese en el que el calor aprieta de verdad y lo único que quieres es beber algo frío. Abrí la nevera con esperanza y encontré: agua del grifo (tibia, porque se me había olvidado meter la botella), media lata de un refresco de cola sin gas de tres días atrás, y una cerveza que no me apetecía a las cuatro de la tarde de un martes.

Mi yo interno resumió la situación: «Tenemos sed, hace un calor infernal, y nuestras opciones son agua caliente, refresco muerto o alcoholismo diurno. Esto es un fracaso de planificación en cuanto a bebidas».

Y tenía razón. Porque me di cuenta de que dedico un montón de energía a pensar qué comer, y prácticamente ninguna a pensar qué beber. Bebo agua (bien), o me tomo un refresco industrial lleno de azúcar (menos bien), o directamente una cerveza porque es lo que hay. Nunca se me había ocurrido que las bebidas también se pueden hacer en casa, ricas, refrescantes, y sin ser ni un refresco triste ni una excusa para beber alcohol a media tarde.

Así que ese verano me puse a investigar. Y resulta que hay todo un mundo de bebidas caseras sin alcohol que están buenísimas, se hacen en cinco minutos, y hacen que beber agua parezca cosa del pasado.

Primero, una defensa del agua (que luego mejoramos)

No nos engañemos: la mejor bebida para el calor sigue siendo el agua. Barata, hidratante, sin azúcar, sin nada. Cuando aprieta el calor, lo primero es beber agua aunque no tengas sed, porque para cuando tienes sed ya vas tarde.

Pero seamos honestas: el agua a secas es aburrida. Y cuando algo es aburrido, lo bebemos menos. Ahí es donde entran las aguas «mejoradas»: agua de siempre, pero con cosas dentro que la hacen apetecible sin convertirla en una bomba de azúcar. Es el punto medio perfecto entre la virtud del agua y el placer del refresco.

Las aguas frescas (agua con superpoderes)

Las aguas frescas son lo más fácil del mundo: agua, fruta o verdura, a veces una hierba aromática, y listo. Nada de exprimir ni triturar necesariamente; a veces basta con dejar los ingredientes en infusión en agua fría.

Agua de pepino y menta

La reina de la sencillez. Unas rodajas de pepino, unas hojas de menta, una jarra de agua, y a la nevera un par de horas. El pepino le da un frescor limpísimo y la menta ese toque que despierta. Es la bebida más refrescante que existe para el calor pegajoso, y prácticamente no sabe a «esfuerzo».

Agua de fresas y limón

Unas fresas troceadas, unas rodajas de limón, agua, y reposo en nevera. Las fresas tiñen el agua de un rosa bonito y le dan un dulzor suave y natural. Perfecta para cuando quieres algo con más sabor pero sin azúcar añadido.

Agua de cítricos y romero

Rodajas de naranja y limón con una ramita de romero. Suena a spa carísimo y es literalmente meter cosas en una jarra. El romero le da un punto herbáceo inesperado que hace que parezca una bebida de restaurante elegante.

Truco general de las aguas frescas: cuanto más tiempo reposen en la nevera, más sabor cogen. Prepáralas por la mañana para la tarde, o la noche anterior para todo el día siguiente.

Las limonadas (el clásico que admite mil versiones)

La limonada es la bebida del verano por excelencia, y tiene una ventaja enorme sobre cualquier refresco: tú controlas el azúcar. La receta base es de una simplicidad ridícula (agua, zumo de limón, un poco de azúcar al gusto, hielo), pero a partir de ahí se abre un universo.

Limonada clásica

El zumo de unos limones, agua fría, azúcar al gusto (empieza con poco, siempre puedes añadir), mucho hielo, y unas hojas de menta si te apetece. En quince minutos tienes una jarra que deja en ridículo a cualquier limonada de brick.

Limonada de fresa

La misma base, pero triturando un puñado de fresas y colándolas en la mezcla. El color es espectacular y el sabor, entre ácido y dulce, engancha. Es la que más triunfa cuando hay niños (y adultos con alma de niño).

Limonada de sandía y menta

Tritura sandía, cuela para quitar la pulpa, y mézclala con zumo de lima o limón, agua fría y menta machacada en el fondo del vaso. Es verano líquido. La sandía aporta dulzor natural, así que casi no necesita azúcar.

Empieza siempre con menos azúcar del que crees necesario. Es fácil añadir más, imposible quitarlo. Y con la fruta madura de verano, muchas veces no hace falta casi nada.

Los tés e infusiones frías (sí, en verano también)

Asociamos los tés e infusiones al invierno, a la manta y al día de lluvia. Pero un té bien frío con hielo es una de las bebidas más refrescantes y saludables que existen, y encima muchas aportan antioxidantes y un puntito de energía sostenida sin el subidón del refresco.

El método es tan simple como parece: prepara tu infusión favorita, déjala enfriar, y sírvela con hielo y una rodaja de limón o lima. Eso es todo.

Té frío de la casa

Infusiona té (verde, negro, rojo, el que prefieras) en agua caliente, endúlzalo ligeramente si quieres mientras aún está caliente (se disuelve mejor), déjalo enfriar y refrigéralo. Sírvelo con mucho hielo, limón y unas hojas de hierbabuena. El té verde con menta o con cítricos es especialmente refrescante.

Infusiones frías de hierbas

La menta poleo, la manzanilla, el rooibos o cualquier infusión de frutas quedan riquísimas frías. Sin cafeína, perfectas para la tarde-noche cuando no quieres que te desvele nada. Prepáralas más cargadas de lo normal, porque el hielo las va a diluir.

Para que el hielo no ague el té, haz cubitos con el propio té (o con zumo de fruta). Cuando se derritan, en lugar de rebajar la bebida, la refuerzan. Es el truco que separa a los aficionados de los profesionales del té frío.

Los que parecen cóctel (pero no llevan alcohol)

A veces no es cuestión de sed, sino de ocasión. Estás en una terraza, es viernes, todo el mundo tiene una copa bonita en la mano, y tú quieres algo que se sienta especial sin el alcohol. Aquí es donde entran los «mocktails», que es una palabra horrible para algo muy agradable.

Mojito sin alcohol

Machaca lima y hierbabuena en el fondo del vaso con un poco de azúcar, añade hielo, y completa con agua con gas o gaseosa. Todo el frescor del mojito, cero resaca. Sirve en vaso alto con más hierbabuena por encima y parece que estás en un chiringuito caribeño.

Granada y lima con gas

Hielo, una cucharada de granadina, el zumo de un cuarto de lima, y agua con gas. Sencillo, elegante, con ese color rojo intenso que hace que parezca un cóctel de revista. Poco azúcar y mucho efecto.

Piña colada sin alcohol

Zumo de piña, un chorro de leche de coco, hielo, y a la batidora. Cremoso, tropical, indulgente. Es el capricho dulce de las bebidas: no la beberás cada día, pero un domingo de piscina es perfecta.

El detalle que lo cambia todo: el hielo bonito

Aquí va mi obsesión particular, y el truco que más subo de nivel una bebida casera con menos esfuerzo: los hielos con cosas dentro.

Rellena las cubiteras con agua (o mejor, con zumo) y mete dentro trocitos de fruta, hojas de menta, rodajitas de limón, frutos rojos. Cuando se congelan, tienes unos cubitos preciosos que, al derretirse, en lugar de aguar la bebida la decoran y le añaden sabor. Un vaso de agua con gas y unos hielos con frambuesa dentro parece que lo ha preparado un bartender, y es literalmente agua con hielos monos.

Es el tipo de detalle que convierte «beber algo» en «tomarse algo». Y cuesta cero esfuerzo extra, solo un poco de previsión.

Mi confesión líquida

Durante años fui una analfabeta de las bebidas. Pensaba en las comidas con cariño y dedicación, y luego las acompañaba con agua del grifo o con el refresco de turno, sin darle una sola vuelta. Las bebidas eran un mero trámite para no ahogarme mientras comía.

El verano que empecé a hacer aguas frescas y limonadas caseras, pasó algo tonto pero real: empecé a beber más agua (porque estaba más rica), dejé de comprar refrescos industriales casi por completo, y descubrí que ofrecer una jarra de limonada de sandía cuando viene alguien a casa causa más impresión que cualquier plato elaborado. La gente flipa. Y es agua con sandía triturada.

No me he vuelto una purista ni he renunciado a un refresco frío de vez en cuando (ni a la cerveza de terraza, que es sagrada). Pero he descubierto que las bebidas también pueden ser parte del placer de la cocina, y no solo el vaso que tienes al lado del plato sin pensar.

El final de la historia

Aquella tarde de las cuatro, la del agua caliente y el refresco muerto, terminó bien. Corté un pepino, le añadí menta, llené una jarra de agua y la metí en la nevera. Dos horas después tenía la bebida más refrescante del mundo, prácticamente gratis, hecha con cosas que ya tenía.

Desde entonces, mi nevera de verano siempre tiene una jarra de algo: agua de pepino, limonada, té frío. Cambia según el día y según lo que haya por la cocina. Pero siempre hay algo frío y rico esperando, que no es ni agua sola ni refresco de máquina.

Resulta que la bebida perfecta para el calor no estaba en el supermercado. Estaba en mi propia cocina, esperando a que le dedicara los cinco minutos que llevaba años dedicándole solo a la comida.


¿Cuál es tu bebida casera de verano? ¿Team limonada de toda la vida, team agua fresca, o team inventar cosas raras con lo que haya en la nevera? Cuéntamelo en los comentarios, que quiero ampliar el repertorio antes de la próxima ola de calor.

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