Noche de San Juan: comida que sobrevive a la arena, al calor y a ti

 Os voy a contar una tragedia y, como toda buena tragedia, empieza con buenas intenciones, y en ete caso también con una ensaladilla.

El año pasado, para la noche de San Juan, decidí que yo era una persona organizada, algo que decido freuentemente para luego fallar estrepitosamente. Preparé una ensaladilla rusa preciosa, la metí en un táper, el táper en la bolsa y la bolsa en una nevera portátil que, según descubrí más tarde, llevaba sin un solo acumulador de frío desde aproximadamente la era de los dinosaurios. Dos horas después, en la playa, abrí el tupper y me encontré con… sopa. Sopa de ensaladilla. Templada. Mi yo interno hizo lo único sensato que se podía hacer: fingió que era gazpacho de patata y siguió adelante como si nada, pero estaba incomestible.

La verdad es que me dio "cosa" el que alguien probara esa "sopa" y se pusiera enfermo. La retiré discretamente y se volvió a casa entera. 

Así que este año vengo con los deberes hechos y con una norma nueva, tatuada en el alma: para San Juan no se lleva cualquier cosa. Se lleva lo que sobrevive. Lo que sobrevive a la arena, que se mete donde no debe; lo que sobrevive al calor, que lo derrite todo; y —lo más difícil— lo que sobrevive a una misma, que a las once de la noche, entre la hoguera y los petardos, ya no se acuerda de dónde dejó la bolsa.

Por si alguien anda despistado con las fechas: la noche grande es la del 23, la víspera; el día de San Juan en sí es el 24. O sea que el plan es este: cenas en la playa la noche del 23, saltas la hoguera, pides tres deseos, mojas los pies en el mar a medianoche por eso de la buena suerte, y al día siguiente, el 24, te levantas con arena en sitios insospechados preguntándote por qué. Tradición.

Lo que sí funcionó aquella noche, y por eso le debo la vida (gastronómica) a mi amiga Lucía, fue la tortilla de patatas que trajo ella. Fría, cortada en cuñas, comida con la mano sobre una servilleta, con un poco de arena incluida porque la arena en San Juan es un condimento más. No goteaba, no se derretía, no pedía cubiertos ni plato ni dignidad. Era perfecta. Y ahí, con un trozo de tortilla en una mano y la otra calentándome en la hoguera, lo entendí: la buena comida de playa es la que no te pide nada.

Lo que aprendí

Que la comida de San Juan se divide en dos categorías: la que viaja y la que se queda en casa llorando. Y la frontera es de lo más sencilla.

Viaja todo lo que se come con la mano, no gotea y está igual de bueno (o mejor) a temperatura ambiente: tortilla, empanada, bocadillos serios, fruta entera, frutos secos, una buena hogaza con embutido.

Se queda en casa todo lo que lleva mayonesa al sol, todo lo que necesita cubiertos, todo lo que tiene que estar caliente para no dar pena y cualquier cosa que en el táper haga "chof". La ensaladilla —querida ensaladilla, te quiero— tú te quedas.

Y si llevas algo delicado, la regla de oro: nevera portátil con acumuladores DE VERDAD congelados, no de adorno. Lo aprendí por las malas, como casi todo en esta cocina.

La receta estrella: tortilla de patatas para llevar

Para una tortilla mediana (cena para 3-4, o picoteo para más manos en la playa).

Ingredientes

  • 4 patatas medianas
  • 6 huevos
  • 1 cebolla (opcional, y aquí no me meto: el debate cebolla sí / cebolla no lo zanjáis vosotros en casa)
  • Aceite de oliva (generoso, para freír)
  • Sal

Pasos

  1. Pelad y cortad las patatas en láminas finas. Si vais a poner cebolla, cortadla en juliana.
  2. Freíd las patatas (y la cebolla, si la usáis) en abundante aceite a fuego medio. No buscamos que se doren, sino que se ablanden y casi se deshagan. Escurrid bien.
  3. Batid los huevos con sal, mezclad con la patata y dejad reposar cinco minutos. Este reposo es el secreto de que la tortilla sepa a tortilla y no a huevo con patata.
  4. En una sartén con un poco de aceite, cuajad a fuego medio. Vuelta con un plato (el momento más tenso de vuestra vida, lo sé) y cuajad el otro lado.
  5. Y aquí el truco que lo cambia todo para llevarla de viaje: dejadla enfriar del todo antes de meterla en el tupper.En caliente suda, se pone húmeda por dentro y llega rara. Fría, entera y cortada en cuñas, es indestructible.

Confesión rápida: sí, sé que existe la tortilla hecha con patatas fritas de bolsa, y sí, alguna vez la he hecho a las tantas con cero remordimientos. Pero para llevar a la playa, la de verdad aguanta mejor. Esta vez nos esforzamos. Un poco.

La otra que nunca falla: empanada de hojaldre y atún

La comida de picnic más perezosa que existe, porque la masa viene hecha y la empanada fría está incluso mejor que recién salida del horno. Pura magia.

Ingredientes

  • 2 láminas de hojaldre (de las refrigeradas, sin complejos)
  • 200 g de tomate frito de bote
  • 2 latas de atún, bien escurrido
  • 2 huevos duros
  • 1 pimiento rojo asado (de bote vale)
  • 1 huevo batido, para pintar

Pasos

  1. Precalentad el horno a 200 °C.
  2. Mezclad el tomate frito con el atún, los huevos duros picados y el pimiento en trocitos. Probad de sal.
  3. Extended una lámina de hojaldre sobre papel de horno, repartid el relleno dejando un borde libre, y tapad con la otra lámina. Sellad todo el contorno apretando con un tenedor.
  4. Pintad con el huevo batido y hacedle un par de cortes arriba para que respire.
  5. Al horno 25-30 minutos, hasta que esté dorada y crujiente. Dejad enfriar.

Aviso de viaje: la empanada fría es de las poquísimas cosas que mejoran en la bolsa. Eso sí, vigiladla, porque tiene una tendencia preocupante a desaparecer antes de llegar al coche.

Esta vez

Así que este año mi nevera portátil lleva acumuladores congelados de verdad, mi tortilla irá fría y entera, y la empanada… la empanada probablemente no llegue a la playa porque me la habré comido por el camino. Es un riesgo asumido.

Si vais a la hoguera, ya sabéis: saltadla con cuidado, pedid los tres deseos, mojaos los pies en el mar a medianoche y, sobre todo, no llevéis ensaladilla. Llevad algo que os quiera lo justo como para sobrevivir a la arena, al calor y a vosotros mismos.

Feliz noche de San Juan.

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