Encontré patatas brotadas y las planté sin pensarlo

No sé por qué, pero hoy me viene a la memoria el día que volví de unas vacaciones, hace ya un par de veranos, y me encontré la casa con ese olor tan concreto que tiene una vivienda cerrada diez días en agosto. Una mezcla de calor atrapado, algo de polvo y, en mi caso, una nota extra que no supe identificar hasta que abrí la despensa. Ahí estaban: unas patatas que le había dejado a mi amiga Nuria "por si te apeteciera cocinar algo", ahora con unos brotes blancos y verdes, apuntando hacia la única rendija de luz que entraba por la ventana. Parecían menos una verdura y más un ser vivo con opiniones propias.

Mi yo interno: vale, esto ya no es comida, esto es una instalación artística.

Patatas con brotes.
patatas con brotes

Nuria se había quedado en mi casa unos días mientras yo estaba fuera. Le dejé la nevera medio llena, la despensa organizada y hasta una nota con ideas ("¡las berenjenas están para hacer un curry, no las dejes morir!"). Volví y descubrí que Nuria, con todo el cariño del mundo, había sobrevivido básicamente a base de tostadas y algo de fruta. Las berenjenas ya no estaban para curry, estaban para el contenedor orgánico. Y las patatas... las patatas habían decidido, en mi ausencia, empezar una nueva vida.

No le dije nada. Tampoco es que hubiera pedido que se convirtiera en la nueva Karlos Arguiñano, versión femenina, mientras yo no estaba, y total, con lo que cuesta encontrar a alguien que te riegue las plantas y no te destroce el sofá, no me iba a poner quisquillosa por unas berenjenas.

El momento en que decidí no tirarlas

Tenía la bolsa de basura ya abierta. Las patatas en la mano, brotes colgando como si fueran las patas de un pulpo pequeño y ofendido. Y entonces mi cabeza hizo lo que hace siempre que estoy cansada y no debería tomar decisiones importantes: se le ocurrió una idea.

Mi yo interno: ¿y si las plantas?
También mi yo interno, tres segundos después: tú no sabes plantar ni un cactus.
Mi yo interno, ignorándose a sí mismo por completo: bueno, pues aprendes.

Fui al jardín en pijama, a las once de la noche, con las patatas en una mano y, porque no encontré el desplantador en ninguna parte, una cuchara sopera vieja en la otra. Cavé cuatro agujeros más o menos decentes, dejando los brotes hacia arriba como me pareció lógico (avance: era lo correcto, por pura suerte), tapé con tierra y me fui a dormir con las manos negras y la sensación un poco ridícula de haber "plantado un jardín" a esas horas.

Por qué esto funciona (y no hace falta ser una experta)

Resulta que lo que me pareció un desastre biológico era, en realidad, el punto de partida perfecto. Cuando una patata saca brotes así de largos en la despensa, básicamente ya ha hecho sola la parte que los que cultivan en serio hacen a propósito y llaman "pregerminación": dejar que la patata desarrolle brotes antes de plantarla, para que arranque más rápido. Yo no lo sabía cuando la planté; lo até cabos después, buscando por qué no se me había muerto todo a la primera semana.

Las claves, resumidas para quien también se encuentre un día con una despensa convertida en laboratorio:

  • Brotes hacia arriba, siempre. Si los brotes ya son muy largos y frágiles (los míos lo eran), se plantan con cuidado para no partirlos; si se rompe alguno, no pasa nada, la patata suele sacar otro.
  • Profundidad: unos 10-15 cm de tierra por encima.
  • Sol directo, cuantas más horas mejor. A la sombra crecen hojas tristes y pocas patatas.
  • Aporcar según crece: a medida que sale el tallo, se va cubriendo con más tierra o mantillo, dejando solo la parte de arriba al aire. Esto es importante: si la patata queda expuesta a la luz, se pone verde, y las patatas verdes no se comen.
  • Riego regular pero sin encharcar. Ni desierto ni pantano.
Planta de patata creciendo.
planta de la patata

Cómo saber si están listas (sin desenterrar cada dos días para mirar)

Esto es lo que más me costó entender, porque nadie te lo explica con esa parte de "aguanta las ganas de cavar todos los días a ver qué tal va":

  • Cuando la planta florece, ya se pueden sacar las primeras patatas pequeñas y tiernas, las llamadas "patatas nuevas". Son las que tienen la piel casi transparente y no aguantan mucho tiempo guardadas.
  • La señal buena de verdad es cuando las hojas y los tallos empiezan a ponerse amarillos y a secarse. Ahí es cuando la planta ha terminado su trabajo y las patatas de debajo ya están en su tamaño final, con la piel más gruesa para aguantar mejor.
  • Si tienes dudas, se puede hacer una pequeña excavación de prueba junto a una planta, sin arrancarla entera, para ver el tamaño que tienen antes de decidir si merece la pena cosechar ya o esperar una semana más.

Sí, se puede saber bastante solo mirando la planta. No hace falta ser adivina ni tener un doctorado en botánica, solo un poco de paciencia, que es justo lo que menos tengo yo normalmente.

Donde el suelo me la jugó

Aquí viene la parte donde confieso que no fue un éxito perfecto. Planté directamente en el jardín, en una zona que llevaba años sin tocar, con una tierra tan compacta que en algunos puntos parecía más cemento que tierra. Las plantas crecieron bien, con esas hojas verdes y frondosas que te hacen sentir que por fin controlas algo en tu vida. Llegó el momento de las hojas amarillas, cogí aire, cogí la horca de jardín y me puse a cavar con la ilusión de quien va a desenterrar un tesoro.

Cosecha de patatas recién recogidas.
patatas recién recogidas

Saqué patatas, sí. Bastantes, de hecho, y de un tamaño decente para haber sido plantadas por una persona en pijama con una cuchara. Pero la tierra estaba tan dura que varias se quedaron enganchadas más abajo de lo que llegaba mi herramienta, y al final tuve que rendirme y dejar unas cuantas ahí, probablemente para sorpresa de quien viva en esta casa dentro de un año y se encuentre patatas silvestres saliendo solas en esa esquina del jardín.

Mi yo interno: bueno, técnicamente esto también es un cultivo, solo que a largo plazo.

Lo que haré diferente la próxima vez

La lección no es "no plantes patatas brotadas", porque funciona de verdad y es de las cosas más satisfactorias que he hecho con algo que iba directo a la basura. La lección es sobre dónde las planto. La próxima vez irán en un saco de cultivo o en una tierra que haya soltado antes con la horca, no directamente en un rincón del jardín que no tocaba nadie desde hace tres veranos. Cavar tesoros está bien, pero prefiero que el tesoro salga entero.

Así que si vuelves de vacaciones y te encuentras con una despensa convertida en set de ciencia ficción, no lo tires todo directamente. Prueba a plantarlo. Peor no te va a ir que a mí, y si te va igual de bien, al menos tendrás una buena historia y unas cuantas patatas de verdad para acompañarla.


¿También te has encontrado alguna vez algo brotando en la despensa y has decidido experimentar en vez de tirarlo? Cuéntamelo, seguro que no soy la única.

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