Ñoquis de calabaza en una sola sartén con bacon, queso azul, espinacas y piñones
Una comida que friega por mí.
Me encantan las comidas que se preparan manchando un solo cacharro, una sola sartén en este caso, por motivos profundamente espirituales (y también porque soy una persona con una relación tóxica con el fregadero).
Una sartén significa menos esfuerzo, porque mi energía a veces se mide en cucharaditas, menos lavado, porque el agua caliente y yo no siempre estamos en el mismo equipo, más sabor, porque todo se cocina junto y se va “contando secretos” (la grasa del bacon, el punto picante/salado del queso, el verde humilde de las espinacas), y la sensación de que soy adulta funcional, aunque esté cocinando en pijama y con el móvil apoyado contra el bote del aceite.
Así que llevaba días con una idea fija en la cabeza: esa receta de ñoquis con bacon, queso azul y espinacas que leí y que prometía exactamente lo que yo necesito en la vida: algo cremoso, rápido y lo bastante elegante como para que, si alguien aparecía de repente en mi cocina, yo pudiera decir “sí, claro, esto lo hago siempre” con toda la cara. Además, ya tenía los ingredientes en casa.
El plan era sencillo: dorar ñoquis, dorar bacon, montar una crema suave con queso azul y crème fraîche, y dejar que las espinacas se rindieran poco a poco, en tandas, con esa paciencia de gente que no vive con prisa ni con hambre.
Solo que, claro… yo tenía ñoquis caseros de calabaza. Y cuando digo “ñoquis” me refiero a: masa deliciosa, sí, pero con una relación creativa con la geometría.
Porque no me molesté en hacerles la forma “auténtica” (esas rayitas monísimas con tenedor que quedan preciosas en Instagram y que yo respeto muchísimo… desde lejos). Yo hago lo que hago cuando preparo croquetas: manga pastelera y a vivir.
Esta vez usé una boquilla más bien cuadradita, apreté la masa, saqué una tira y fui cortando trocitos cada 2–3 cm (como si estuviera fabricando pequeñas almohadas naranjas para una siesta gourmet) usando una tijeras mojadas en agua para que la masa no se pegara. Con las croquetas hago lo mismo, solo que con una boquilla más grande y una ambición aún más alta. Es mi forma de decir: “no tengo tiempo, pero tengo recursos”.
Y, por supuesto, empecé a cocinar midiendo por instinto.
- Instinto: “esto necesita más queso”
- También instinto: “un poquito más… por si acaso”
- Tercer instinto (el que nunca aprende): “venga, ya que estamos...”
En la sartén, la cosa empezó con ese momento glorioso de dorar los ñoquis: cuando se quedan quietos el tiempo suficiente para formar costrita y tú te sientes una diosa de la técnica, aunque en realidad solo estás obedeciendo la ley universal de “no toques nada y saldrá mejor”. Luego el bacon entró a chisporrotear como si estuviera contando el chisme del siglo. Y entonces llegó el queso azul, desmigado, cremoso, intenso, con esa personalidad suya de “hola, he venido a que me notes”.
Usé piñones tostados, porque me apetecía ese crujiente fino, casi elegante, como de restaurante donde te ponen una servilleta de tela y tú finges que no te da miedo mancharla. Los piñones hicieron lo suyo: doraditos, discretos, pero elevándolo todo (como una amiga que no habla mucho, pero cuando habla acierta).
Las espinacas entraron al final, en manojitos, y se fueron rindiendo despacio dentro de la crema. Esa parte siempre me enternece: pasan de “soy una planta con autoestima” a “vale, ya… abrazo cálido” en treinta segundos.
Y ahí estaba el resultado: en la sartén, cremoso, brillante, con los ñoquis de calabaza naranjitas asomando entre verdes y vetas de queso, el bacon repartiendo felicidad y los piñones dando crunch como si fueran confeti comestible.
Ñoquis con bacon, queso azul, espinacas y piñones (una sartén)
La receta con medidas, para que no te pase lo que a mí.
Rinde: 3–4 personas (o 2 personas con hambre y dignidad variable)
Ingredientes
2 cucharadas de aceite de oliva
400 g de ñoquis (ñoquis de patata frescos, de patata y calabaza, también, caseros o de paquete)
100 g de bacon ahumado, en lonchas, cortado en tiras de ~1 cm (también vale panceta en daditos)
120 g de queso azul cremoso
3 cucharadas colmadas de crème fraîche (puede ser nata líquida, nata agria o yogur griego)
120 g de espinacas baby
1 puñado pequeño de piñones (ya tostados)
Media cebolla (optativo, picada o cortada en tiras)
Sal y pimienta negra recién molida
Para hacerlo a mi estilo
-
Dora los ñoquis: Calienta el aceite en una sartén grande antiadherente. Añade los ñoquis y fríelos a fuego alto hasta que empiecen a dorarse. Déjalos quietos un momento para que formen costra y luego ve girándolos hasta que estén dorados por todas partes (unos 5–10 min). Resérvalos un momento en un plato (¡el mismo en el que vas a comer! para no ensuciar más).
-
Bacon + salsa cremosa: En la misma sartén (ya seca), fríe el bacon y la cebolla (si la usas) a fuego alto hasta que el bacon esté dorado y chisporroteando. Baja el fuego, desmenuza el queso azul encima, añade la crème fraîche y remueve suave hasta que quede una salsa cremosa.
-
Espinacas en tandas: Añade las espinacas a puñados, dejando que se ablanden un poco entre cada tanda. Pimienta al gusto y sal solo si hace falta (con queso azul, ojo).
-
Vuelve a juntar y calienta: Devuelve los ñoquis a la sartén y mezcla con cariño a fuego bajo, solo para que se calienten y se impregnen bien. Si lo quieres más cremoso, añade una cucharada extra de crème fraîche o un chorrito de agua.
-
Final crujiente: Puedes echar los piñones tostados a la sarten y mezclarlos, o servir y terminar con piñones tostados por encima. Remata con pimienta negra si hace falta.
Mis notas (versión “la próxima vez”)
Si usas ñoquis congelados
Es la clase de truco de persona organizada que yo finjo ser, tener ñoquis congelados “por si acaso” (y ese “por si acaso” suele ser “por si hoy no me apetece sufrir” y porque cuando los hago pienso en eso del prepara una vez y come al menos dos veces).
Si los usas, tienes dos vías:
Opción A (la prudente): Cuécelos en agua con sal hasta que floten, sécalos bien con papel de cocina (paso vital para la costrita) y luego dóralos en la sartén. Quedan tiernos y enteros.
Opción B (la de "no quiero más cacharros"): Pon los ñoquis directos a la sartén con aceite, tapa un par de minutos para que el vapor los descongele por dentro y luego destapa y sube el fuego para que doren. Si se resisten a ablandarse, un chorrito mínimo de agua y otro minuto de tapa obran milagros.
Estaba buenísimo
Pero también… un pelín fuerte. No “fuerte” como tiene carácter, sino “fuerte” como este queso me está mirando directamente al alma. Fue el típico plato que te hace suspirar de placer y, al minuto, pensar: “vale, la próxima vez me enamoro con un poco menos de intensidad”.
Porque sí: lo voy a cocinar otra vez. Totalmente. Pero la próxima vez prometo ser un poco menos entusiasta con el queso azul. Un poco. O sea, lo intentaré. Ya sabéis cómo soy.
Al final, estas comidas que se hacen manchando solamente una sartén son mi lenguaje del amor propio: hago algo rico, me ahorro el drama del fregadero, y me siento cuidada. Aunque haya sido con una manga pastelera y medidas inventadas.
Y si algún día dudas de ti en la cocina, recuerda esto: mientras haya una sartén, algo cremoso y un toque crujiente… todo puede salir sorprendentemente bien. Y si sale un poquito fuerte, sirve con confianza. Como si fuera a propósito.



Comentarios
Publicar un comentario